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S21: la máquina roja de matar

In Acto, potencia on 7 marzo 2009 at 21:19

Veo esta tarde la película-documental S21: la máquina roja de matar, de Rithy Panh, de 2003.  Según la sinopsis, durante los cuatro años del régimen Jemer en Camboya, de abril de 1975 a octubre de 1979, un cuarto de la población del país fue exterminado: unos dos millones de personas de un total de algo menos de ocho millones. En un sistema paranoico, de delación delirante, cualquier indicio (casi siempre inventado) de disidencia bastaba para ser encarcelado en la prisión S21, “prisión de seguridad”, en las instalaciones de un antiguo instituto de secundaria convertido en campo de exterminio. Los protagonistas de la película, antiguos guardianes y carceleros y dos de los tres supervivientes de las más de 70.000 personas que llegaron este centro,  describen el día a día en el centro, los detalles de las torturas, los abusos sistemáticos a las mujeres, la deshumanización de los verdugos… Los antiguos guardianes responden con evasivas y excusas a las inquisitivas preguntas del maestro Van Nath (pintor y auténtico protagonista de este documental).

Es difícil decir algo que no se inane tras ver este documental. De hecho, las dos únicas personas vivas -después de veinte años de aquello- me parece a mí que son las víctimas. Uno de los hombres llora incansablemente y se lamenta de la perdida de su familia, aún le resulta insoportable encontrarse con aquello. El otro, el pintor Vann Nath, es un hombre extraordinario, es capaz de asombrarse de haber sobrevivido y lamentarse por los que tuvieron la desgracia de no ser él, en algún modo es un “testigo“. Desde esa densidad moral es capaz de hablar con sus carceleros y guardianes, seres unidimensionales, huyendo aún hoy de su responsabilidad, víctimas también ellos, del partido, del miedo, incapaces de reconocer su agresividad y violencia, aún justificados por su “indiferencia moral”. Con palabras de Agamben, este “campo”, nos muestra de nuevo, la aporía de Auschwitz, es decir, la no coincidencia entre hechos y verdad, entre comprobación y comprensión. El descubrimiento inaudito que Primo Levi realizó en Auschwitz -sigo con Agamben- se refiere a una materia que resulta refractaria a cualquier intento de determinar la responsabilidad: es algo que es como un nuevo elemento ético. Levi lo denomina la “zona gris“. En ella se rompe la “larga cadena que une al verdugo y a la víctima”; donde el oprimido se hace opresor y el verdugo aparece, a su vez, como víctima. Una gris e incesante alquimia en la que el bien y el mal y, junto a ellos, todos los metales de la ética tradicional alcanzan su punto de fusión. [...] Levi ha desplazado la ética más acá de donde nos habíamos habituado a pensarla. Y, sin que logremos decir por qué, sentimos que este más acá tiene mayor importancia que cualquier más allá, que el infrahombre debe interesarnos en mayor medida que el superhombre.

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